Tribulaciones de un ilustrador

Proceso de coloreado de un perfil. Buque de salvamento Clara Campoamor. 70 horas de trabajo.

A veces intentar vender una ilustración, una pintura o un proyecto integrado en forma de libro, es una tarea un tanto penosa.

Cuando escribo estas anotaciones un tanto desordenadas pero perfectamente alineadas en mi cabeza, lo hago pensando en Isabel, en Marta, en Marcos, en Fernando, y un largo etcétera de colegas de profesión que sufren como yo, el tortuoso camino de la “aprobación de un presupuesto”.

Todo empieza con un mail. De repente alguien te pregunta si puedes hacer esto o lo otro. Tú respondes que sí, y le devuelves la pregunta al supuesto cliente sobre si puede ser un poco más preciso. A saber, medidas, detalles de la escena, etc. Si se trata de un cliente privado, todo es más rápido. Pero no ocurre así cuando trabajas con empresas, organismos, asociaciones, etc. En este caso todo es más lento y tu proyecto pasa por varios despachos y firmas. Y es que a veces somos un país de burocracias toleradas. Y digo toleradas porque nosotros toleramos lo que pasa. A veces pasan días, semanas e incluso meses para que te respondan. Pero tú sigues intentándolo y tocando todas las puertas posibles.

En la mayoría de los casos todo sale bien y de esta forma tu carpeta “acuarelas con final feliz” va cogiendo forma saludablemente.

Pero lo que a veces molesta y seguro que muchos de vosotros (colegas de profesión que me leéis) habéis sufrido también, es cuando te piden un descuento sobre el precio ya calculado donde ya has incluido todas tus horas de trabajo, materiales o tiempo para documentarte. ¿Un descuento? ¿en serio?

En muchos casos se suele usar la palabra en diminutivo. Descuentillo. Como si eso fuera a pasar más desapercibido.

Llegados a este punto, tengo por norma moral y por respeto a mi propio trabajo, no seguir en la negociación. Desisto seguir adelante ahora que puedo y no me causa tanto problema. Pero siempre me acuerdo de mis inicios y de todos esos compañeros que no pueden desistir y acaban haciendo el trabajo por un precio inferior a lo que realmente vale.

Así que señores clientes, este trabajo es artesanal. Ya solo la tarea de investigación y documentación es enorme, y a menudo nos coge la madrugada en la mesa de dibujo. Los lápices o pinturas no se ponen a caminar solos. Hay que moverlos gracias a tus conocimientos o capacidades. Todo ello con perjuicio de que te consumas la vista y que la mala ergonomía te pase factura física. Lo mismo pasa con los que hacen ilustración y edición digital, escritores o documentalistas. Son muchas las horas que se emplean en escribir, crear, retocar, renderizar, montar, etc…

La felicidad que te produce cuando ves que aceptan tu presupuesto con su justo precio es lo que hace que tu trabajo tenga una motivación, un valor y un estímulo incalculable.

Así que por favor, los descuentos mejor pedirlos a las grandes multinacionales esas que no pagan impuestos, y que te traen lo que compras a la puerta de tu casa incluso en festivos, empleando a personal mal pagado.

El gremio al que pertenezco se lo agradecerá.