Los problemas, mejor de proa

Buque quimiquero Fenol navegando en aguas de Terschelling, Holanda. Acuarela.

Mientras estoy escribiendo esto, estoy recordando las mil y una veces que he tropezado en la vida y me he tenido que volver a levantar. Algunos seres humanos somos así, torpes hasta decir basta. Por eso no sé si es mejor contabilizar cada vez que aprendemos algo de todo eso, que contar las caídas. Sería más gratificante al menos en mi caso.

Solo por tratar de buscar un ejemplo gráfico sobre cómo afrontar un problema con el que no cuentas, me viene a la mente las nada amenazantes olas del mar del Norte. Y digo nada amenazantes porque cuando las ves no te parecen enormes, pero cuando las rompes con la proa da la impresión de estar en medio de un temporal del Atlántico. Pierdes la visibilidad por unos segundos mientras la ola rota barre toda la cubierta hasta el puente. Se te queda cara de atontado por la virulencia y te dices a ti mismo, pues no pensaba que fuera para tanto.

Así son los problemas pequeños cuando crees que son pequeños, pero que en el fondo te hacen perder la perspectiva de las cosas.

Y es que los problemas, es mejor cogerlos de proa. Pierdes un poco de visibilidad por un momento, pero al menos no pierdes estabilidad.