Albuferencs

Acuarela 10×15 sobre cuaderno

…el paisaje no podía ser más levantino. En aquellos años de principios del siglo pasado, las nubes algodonosas corrían el cielo de Valencia igual que en la actualidad, con un viento del mar que impulsaba a los albuferencs a todo trapo a lo largo y ancho de la Albufera. Como mulas de carga silenciosas, surcaban las aguas someras cargadas de matas de arroz que traían desde el sur del lago hacia los puertos del Tremolar y Catarroja, donde las trilladoras esperaban para separar la paja del grano. Eran barcas alargadas, de quilla plana, que podían perfectamente cargar  hasta 9.000 kilos de mercaderías, y que transitaban por el lago creando un tráfico interior que hoy solo se recuerda en vagas fotografías y escritos. Las velas latinas henchidas por el viento del plá de Valencia eran como pañuelos blancos que, en contraste con el azul del cielo y los tonos verdosos del agua, mostraban su lado más elegante.

Si el viento caía, se propulsaba a la percha y por turnos. En algunos casos al caer la noche, la navegación se realizaba tomando referencias por la claror de l´aigua con la luna o en muchos casos, por el faro del puerto de Valencia, que no solo orientaba a los barcos mar afuera, sino a toda la navegación interior.

A veces, el silencio de la  vela se veía interrumpido por el sonido indiscutible de la barca-correo Ravatxol, que unía los puertos del Palmar y Catarroja, llevando a bordo la correspondencia de los pueblos del sur y el pasaje que iba hacia la capital. Su musical motor Bolinder-Munktell interrumpía los espacios de calma mientras las azarosas barcas, barquetots o barcots se abrían paso gracias a la pericia de los barqueros.

En el Portet del Perelló también se esperaba al correo de Valencia, los medicamentos de las boticarias, las noticias y los encargos que los habitantes del lago hacían a los barqueros.

Recuerdos románticos quizá, de otra navegación más sostenible.