Escala en Valencia. Construyendo un relato.

Esta semana os cuento como construyo y documento un relato para después poder editarlo en formato cómic o novela ilustrada. Está basado en el proyecto editorial “Los últimos de la mercante”.

Esta serie de aventuras está ambientada entre los años setenta y ochenta en una España de cambios drásticos y transiciones que también afectó a la Marina Mercante.

Parte de la tripulación de la motonave Alborán

En ese momento histórico, la tripulación variopinta de un buque mercante parecido a la serie V del Programa de Nuevas Construcciones de Elcano, vive una serie de anécdotas y aventuras por los puertos del mundo muy propias de aquella Marina Mercante de antaño. Eran años de inestabilidad geopolítica, conflictos bélicos entre países y momentos históricos que hemos vivido en los últimos sesenta años, pero también fue una época de nuevos horizontes para la libertad. Este momento en la historia reciente me pareció muy atractivo para ambientar el proyecto.

En cuanto a la tripulación, he tenido muy en cuenta la diversidad cultural que tenemos y en los barcos, como en tierra firme, sucede igual. A bordo había vascos, gallegos, catalanes, valencianos, andaluces o isleños de Baleares y Canarias entre otros.

El capitán Vasco de Saa posando con la motonave Alborán

Este texto que os enseño hoy narra simplemente una secuencia de varios de los tripulantes (Primer Oficial, Cocinero y Alumno de Puente) a la salida de un partido de fútbol en el estadio del Mestalla en Valencia, el domingo 14 de marzo de 1971, víspera de una de las fallas más trágicas que se han vivido en Valencia debido a la explosión de carcasas húmedas por la lluvia y que provocó el fallecimiento de varios asistentes y centenares de heridos.

Perfil coloreado de la motonave Alborán, basada en la serie V. construida en los astilleros Bazán de San Fernando, Cádiz.

Documentarse es un trabajo complejo y lleva muchas horas. Los que conocéis mi trabajo sabéis de sobra que todo lo que hago está perfectamente documentado. Es importante citar las fuentes, aunque muchas de las cosas que escribo son puramente, reflexiones personales o experiencias vividas y eso me facilita ambientar y comentar mis dibujos.

Así que allá va….

<Andoni salió del Mestalla sin mirar atrás. La cara desencajada y con prisa por regresar al barco. Maldiciendo la mala hora en que decidió acompañar al “Cullera” y al alumno de puente a ver el partido entre el Valencia y el Athletic Club de Bilbao.

-Si lo llego a saber me voy a ver las fallas por la ciudad – regañaba entre dientes.

Y es que nada menos que cuatro goles a cero le metieron los de Di Stéfano a los vizcaínos. Con toda la ilusión que traía el hombre desde que saltó por la plancha al muelle. Afeitadito como el que va a misa los domingos y oliendo a colonia de Yves Saint-Laurent que había comprado en la escala de Marsella. Pour homme, decía continuamente.

Encaminado hacia la parada del trenet que lo llevaría hasta el Grao, sorteaba a los valencianistas jubilosos que coreaban los nombres de los jugadores, héroes ese día. Ya solo pensaba en volver a las tareas a bordo, hacer algo con lo que entretener la cabeza y olvidar el disgusto tan grande que se había cogido.

Unos metros atrás le seguían el “Cullera” y  Vicentín, el alumno. Dos forofos del Valencia que no cabían en sí de alegría.

-¿Pero viste que golazo de Forment? – decía el uno.

-Y no te olvides de la asistencia de Claramunt segundo-  replicaba el otro.

-Oye Andoni, espera hombre que no es para ponerse así.

-¿Qué no es para ponerse así? No me dirijáis la palabra hasta que pasemos Gibraltar, y aún no sé yo si será algo pronto…

El apeadero de Benimaclet estaba a rebosar y esto enfurecía más al vasco que no veía el momento de embarcar de nuevo y olvidar cuanto antes la jornada futbolera.

– Y venga valencianistas para el Grao, Dios que penitencia la mía-  refunfuñaba.

Con los brazos cruzados y cabreado como si el capitán les hubiera restringido el vino en la comida, miraba hacia la vía con los ojos encendidos. Vicentín se le acercó ofreciéndole un pitillo en plan “vamos a fumar la pipa de la paz”. Era más diplomático que el cocinero, que a duras penas llegaba resoplando hasta donde estaban ellos. Su prominente barriga lo tenía limitado de movimientos.

-Vaya carrera que me habéis dado. ¡Qué prisas! ¿Y no nos vamos a tomar una horchata antes de regresar al barco?

-¡ Pa horchatitas estoy yo! – replicaba el Primer Oficial – ¡Yo me vuelvo al muelle que aquí no se me pierde nada! Y apagando el cigarrillo en el suelo, logró engancharse al vagón y apretujarse entre la multitud que se colgaba como podía.  Los demás hicieron lo mismo y como pudieron embarcaron. El “Cullera” se abría paso con la barriga y Vicentín, que era delgaducho, quedó encajado entre un señor bajito con sombrero y una piadosa señora rosario en mano.

Ya en marcha, el movimiento del trenet se volvía obsceno con tanta gente apretujada. Aún quedaban las paradas de Carrasca, Cadena, Termas, Arenas y finalmente el Grao, y con tanta humanidad en tan poco espacio, no quedaba otra que aguantarse hasta la estación término. El ruido en el vagón era tremendo. El chirrido del material rodante con las vías era cuando menos inaguantable y la gente casi se hablaba por señas. Cada curva era un suplicio pero era lo que había teniendo en cuenta que el tranvía había vivido varias guerras pasadas y aún seguía rodando.

Aunque ese día no pasamos de los veinte grados, en el vagón iban calentitos y a la altura de la Malvarrosa se agradecía que la brisa del mediterráneo entrara por las ventanas.

La parada del Grao fue como si se descorchara una botella de espumoso. La gente salió en todas direcciones y alguno quedó con la pierna dormida apoyado en un banco. Andoni, más calmado, esperó a sus compañeros que bajaron como pudieron del vagón. Su rostro había cambiado y aunque parecía más resignado, había asumido que era mejor llevar la procesión por dentro.

De todas formas tanto el “Cullera” como Vicentín habían decidido no hablar más del partido para respiro del Primer Oficial. Entre otras cosas porque aún quedaba subir a bordo y lidiar con las bromas del resto de la tripulación. Los tres cruzaron hacia el puesto de la Aduana sorteando charcos de lluvia y vagones de mercancías y después de darle esquina al edificio de los “docks comerciales” se encaminaron hacia el Varadero Público y más adelante al muelle Transversal de Levante. El Alborán estaba atracado en el Muelle de Levante junto a una motonave griega que había arribado esa misma tarde y varias gabarras de un buque tipo “lash” que iban a ser descargadas al día siguiente.

Como el tiempo de descarga se nos había alargado, aún nos quedaba otra jornada más para terminar la descarga de trozas de madera y pasarnos al testero del muelle del Turia y cargar cemento para Casablanca.

Ese paisaje portuario que coexistía de espaldas a la ciudad junto al sonido de la sirena ahogada y melancólica del remolcador Cartagenero que navegaba hacia la bocana, les devolvía al mundo flotante al que pertenecían.>

PROCESO DE ILUSTRACIÓN de un automotor eléctrico Wumag serie 500 para vía métrica de la Compañía de los Tranvías y Ferrocarriles de Valencia (CTFV) adscrito a la línea del Grao, y que aparece en el relato.

Fuentes consultadas para el texto:

Archivo hemeroteca valenciana Valenpedia del diario Las Provincias, Euroferroviarios, Listadotren, FGV, Ciberche (web base de datos sobre el Valencia CF), Datos Clima y Archivo histórico de escalas Autoridad Portuaria de Valencia.