Carta de amor de un Radiotelegrafista.

Vapor Cádiz y mujer antillana. Acuarela y edición.

El vapor Cádiz de Pinillos parecía otro y más grande en aquel muelle de la Machina y San Francisco. Después de un día despachando pasaje y mercadería de todo tipo proveniente de España, se preparaba para zarpar rumbo a Nueva Orleans y de allí regresar de nuevo a Cádiz.  La Habana amanecía resplandeciente y bulliciosa en aquella primavera de 1920.

El joven Oficial de Radio desembarcó con permiso del Capitán y se encaminó con cierta prisa hacia el centro de la ciudad. La esperó en la Confitería La Habanera entre las calles Lamparilla y Armagura, justo en el mismo lugar donde se conocieron. Esperó de pie hasta que pudo sentarse en la misma mesa donde juntos tomaron por última vez café y dulce de Guayaba. Cada viaje desde Cádiz a La Habana se hacía interminable para aquel marino que ya solo ansiaba doblar el Castillo del Morro y atracar cuanto antes en aquellos muelles laboriosos, solo para encontrarse de nuevo con ella.

Cuando la joven antillana entró en el local, los ojos del impaciente argonauta parecían iluminarse. Saltó de la silla como un resorte y ya no se sabía si era un hombre uniformado o un uniforme con un hombre dentro. La belleza de la joven lo eclipsaba sin remedio pero poco a poco su tranquila presencia lo devolvía a tierra firme. Ya sentados, él le entregó una carta en un sobre con el membrete de la naviera y el nombre del vapor.

– Quiero que la leas cuando me encuentre en alta mar – dijo en voz baja mientras miraba aquellos ojos negros ensimismados.

– ¿No prefieres que lo haga delante de ti?– preguntó la joven

– Mejor léela en tu soledad–

– Entonces, ¿volverás? –

–  Volveré –

El resto de las horas pasaron como si nada, paseando ajenos entre las calles Obispo y San Rafael, y poco más abajo, el malecón. En su cabeza retumbaba la orden de estar a bordo a la hora señalada y el joven se debatía entre su deber y la pasión. Ella lo acompañó hasta el edificio de la Lonja del Comercio junto al Muelle de San Francisco. Allí, otros compañeros uniformados esperaban cola para pasar al muelle, cargados de paquetitos con regalos y encargos que llevar de regreso a casa.

De repente, el momento en el que nunca sabemos cómo será hasta que llega. La despedida, el beso y aquella carta doblada en un puño. El recuerdo de ese momento breve pero interminable en su mente, que lo acompañaría siempre en todas las horas de guardia en alta mar.