Manifiesto de carga para Peñíscola. Año 1950.

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Ella no esperó a verlo fondeado a barbas de gato frente a la caseta de la Aduana. Quería verlo entrar y para ello su tiempo se tomó, trepando y saltando por la escollera que aquel día era más peligrosa de lo habitual. El temporal de Levante había remitido la noche anterior pero aún daba algún que otro coletazo de viento y la cosa se resolvía andando con calma y sin perder el equilibrio.

Había calculado el tiempo justo desde que lo avistó en lo alto de la muralla, navegando con todo el trapo a la altura de la Sierra de Irta, y a tiempo llegaba para verlo pasar con ese aire de cansado, el aparejo arriado y al son del motor Bolinder que más bien parecía toser.

De todos los pailebotes, motoveleros o barcas que entraban a dejar mercadería en Peñíscola, éste barco era el que más le importaba.

La maestra esperaba los nuevos pupitres de madera traídos de Valencia para la escuela. Además le habían comisionado un Gran Atlas de Geografía, una pizarra nueva, varios libros de historia y álgebra, diccionarios, decenas de cuadernos y otros tantos atados de lápices. Pensaba en sus niños y lo contentos que se pondrían con todo aquel regalo.

Mercancía muy valiosa que compartía bodega y cubierta con esparto de Almería, sal de Torrevieja, columnas de mármol y balaustradas de Novelda para Barcelona, cestos de naranjas de Burriana, ladrillos de Onda y Villarreal, atados de latón para troquelar, papel timbrado y frascos de la boticaria Calduch de Castellón.

Manifiestos de carga de otro tiempo.