Puerto de San Sebastián; sólo para Capitanes y Patrones experimentados.

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Acuarela del puerto de San Sebastián visto desde los diques y vapor costero de cabotaje Mamelena-A de la Casa Mercader, haciendo su entrada con la tripulación en el castillo de proa preparada para la maniobra. Los célebres vapores de la Donostiarra Casa Mercader se diferenciaban por que todos se llamaban Mamelena (nombre que puso el armador a todos sus barcos resultado de la unión entre las palabras Mamá y Elena, que era como llamaba a su esposa). Y el nombre de los barcos iba seguido por un número si eran pesqueros, o una letra si eran de carga.

 

No me resulta difícil imaginar la cara que se le pondría a más de un Capitán o Patrón de cabotaje en el momento en que le notificaban un flete con destino al puerto de Donostia-San Sebastián en aquellos meses de otoño e invierno entre los siglos XV y mediados del XX. Y no era para menos.  Con un ancho entre puntas de unos escasos veinte metros entre dique y dique, y una Bajamar que dejaba los barcos varados en su interior, no era precisamente un destino cómodo al que ir. Con estas notables dificultades, las embarcaciones  se adentraban en el puerto gracias a la pericia de los Capitanes y Patrones que gobernaban aquellos barcos con los que a menudo maniobraban de manera tozuda dada su restringida navegación.

Si nos ponemos en el contexto de aquella época, la red de carreteras interiores y los ferrocarriles aún en desarrollo, obligaba a los comerciantes de la ciudad a abastecerse mayormente desde ultramar, puesto que además los navarros consideraban este acceso al mar como su puerto de salida y entrada. Recordemos que San Sebastián tuvo dos puertos, éste del que os hablo al abrigo del Monte Urgull en la Bahía de la Concha, y otro fluvial mercante, llamado de Santa Catalina con tráfico de gabarras que remontaban  el río Urumea hasta Hernani. Gabarras que mayormente iban cargadas de mineral de hierro para las herrerías y fundiciones de la comarca.

Hoy en día contamos con efectivos avances en materia de maniobra del buque que nos permitirían atracar sin problemas en cualquier espacio por muy complicado que fuese. Propulsión a doble hélice, hélices transversales en proa, en popa, o quizá ambas, permitiendo una ciaboga rápida y segura o un desplazamiento lateral con mucha facilidad. Entiéndase que hablo de barcos de menos de cuarenta metros de eslora.

Sin embargo, en aquellos tiempos la maniobra para entrar en un puerto angosto como podría ser el de San Sebastián, había que hacerla con destreza y conocimiento del mismo. Es cierto que este puerto contó con servicio de practicaje facilitado por el Consulado de San Sebastián para los barcos que arribaban con mercancía (los pesqueros con matrícula del mismo puerto estaban exentos de practicaje), cosa que facilitaba bastante las maniobras de entrada y salida hasta que éste dejó de ser considerado puerto comercial. Pero con mal tiempo no dejaba de ser inquietante para un barco de casco de madera que al menor error, podría dar contra los diques que protegían las dársenas interiores y destrozarse en cuestión de minutos.

En el maravilloso derrotero de D. Vicente Tofiño publicado en 1788 encontramos una descripción explícita sobre cómo se debía acceder al interior del puerto:

 “Con vientos forzados del 4º quadrante es peligrosísima la entrada en dichos muelles, porque se tiene precisión de fondear frente del muelle exterior, donde absolutamente no hay abrigo alguno, y es menester en el punto de la pleamar ser auxiliado por las Lanchas del país, que le llevan a bordo el chicote de un cable, y que viren desde tierra por él hasta introducirlo dentro de los muelles. Esta maniobra siempre es arriesgada no obstante del mucho zelo del Consulado, que tiene un almacén bien provisto de cables, calabrotes, guindaresas, cabrestantes sobre el muelle, y grandes quadernales y motones para formar aparejos, todo para el intento; cuyas prevenciones confirman bien las dificultades que se ofrecen”. (pág 148 )

Esta anotación de Tofiño nos indica que los barcos que venían a vela eran remolcados con todo el velamen arriado y con la ayuda de una lancha a remo para que, una vez traspasada las puntas entre diques, éstos fueran guiados a través de sirgas y cables desde tierra hasta su atraque. Lo mismo para la maniobra de salida. En el caso de entrar con máquina de vapor, eso sí, “avanteando” poco para dar tiempo al reviro a la dársena nueva, también contaban con la ayuda desde tierra con sirgas y cables. Tal como explica el derrotero de la época, estas maniobras se realizaban con la ayuda de una serie de bolardos o bitas “plantados” en las puntas de los diques y muelles, a fin de hacer retenidas o tiros indirectos con utillaje que proporcionaba el mismo Consulado de San Sebastián. Técnicas que bien podían parecerse a los ángulos de tiro de un remolcador actual.

Cabe decir que la función del Consulado de San Sebastián era lo que hoy sería para un puerto comercial  la Autoridad Portuaria.

Otro aspecto a tener en cuenta para los Patrones que entraban en San Sebastián era el atraque en la Dársena Nueva. En su construcción destacaba el sistema de compuertas que a modo de esclusa evitaba que los barcos quedaran varados en la Bajamar durante las labores de carga y descarga, pero estas no fueron muy efectivas por sus continuas averías en las bisagras y filtraciones de agua a medida que la madera se deterioraba. Con el tiempo se suprimieron.

La incipiente actividad comercial del puerto de San Sebastián basada en productos coloniales, maderas o cementos, convivía con la no menos importante industria pesquera que como se sabe, fue una de las más notables de la costa vasca desde la ballena hasta la sardina. En aquel espacio tan reducido de bullicio portuario la ciudad no era la que hoy se conoce. Muelles laboriosos en los que coexistían una multitud de protagonistas que hoy ya forman parte de un pasado que no volverá. Armadores de buques, comerciantes, consignatarios, agentes de aduanas, marinos, estibadores, rederas, pescaderas, calafates, carpinteros de ribera, etc.

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Acuarela de un Arrantzale (pescador) sosteniendo dos ejemplares de Bonito y con el Monte Igueldo al fondo.

El tráfico portuario era tremendo, sobre todo el pesquero. Justo en las horas de regreso de las barcas de pesca que se agolpaban a pocos cables de los diques. A menudo había que esperar turno para pasar entre puntas, cosa que había que hacer con extrema precaución, debido a que los altos diques en la bajamar imposibilitaban adivinar qué te ibas a encontrar nada más salías o entrabas. Aunque casi siempre había alguien en los muros que mediante señas te indicaba si la entrada o salida “estaba clara”.

Sin duda, un puerto peculiar solo apto para capitanes experimentados.